En esta Argentina donde las leyes podrían funcionar como meras sugerencias y los vetos serían una herramienta de uso frecuente, el presidente tendría la voluntad de gobernar sin intermediarios incómodos, como el Poder Legislativo.
Algunos podrían pensar que preferiría no tener que negociar, ni debatir, ni convencer: bastaría con que se apruebe lo que él ya considera correcto.
De hecho, daría la impresión de que haría cualquier cosa para no romper su potencial equilibrio económico.
Porque si de mantener las cuentas se trata, el recorte podría pesar más que cualquier decisión democrática.
Y en ese escenario, la motosierra sería no solo una herramienta económica, sino también simbólica: para podar todo lo que le estorbe… incluso, tal vez, al sistema republicano.
De cara a un nuevo turno electoral, se estarían armando posibles alianzas en la ciudad que podrían reunir perfiles variados, con trayectorias que no necesariamente coinciden, pero que tal vez compartirían ciertos intereses coyunturales.
Se mencionaría, por ejemplo, a un médico reconocido en la comunidad, cuya imagen pública podría generar empatía por fuera de lo estrictamente político.
También circularía el nombre de una escribana cuyo apellido estaría vinculado, desde hace años, a esferas de poder local, lo que podría otorgarle cierto peso simbólico —o histórico— en algunas listas.
Incluso, se especularía con la participación de personas que, en el pasado, habrían cumplido funciones públicas en gestiones anteriores, lo cual podría sumar experiencia… aunque también podría reabrir discusiones aún no saldadas.
A eso se sumaría un comerciante de perfil algo más bajo, pero con mucha presencia barrial, cuya relación con el sistema eléctrico habría sido poco convencional en algún momento. Sin entrar en detalles, se trataría de una conexión que no necesariamente pasaba por los canales habituales de legalidad.
Todo eso, claro, en un contexto donde la política y la asistencia social parecerían entrelazarse de maneras poco claras. Una combinación que, si no se maneja con extrema delicadeza, podría derivar en confusiones… o en usos poco felices de ambas cosas.
En Necochea, los arreglos de calles podrían estar floreciendo como margaritas en primavera. Entre foto y foto, algún que otro pozo habría sido tapado, y hasta se rumorea que ciertos baches históricos podrían haber sido convertidos en asfalto funcional. Milagros modernos.
Ahora, en Quequén la situación sería un poco distinta. Salir a caminar podría convertirse en un deporte de riesgo, especialmente si alguien tiene la osadía de pisar la vereda… en caso de tener una, claro. Porque por allá, el concepto de “vereda” parecería ser más aspiracional que real.
¿Será que los arreglos casualmente se concentraron donde más se ven? ¿Podría ser que justo ahora, en tiempos preelectorales, se haya acelerado el ritmo de las máquinas? Tal vez. O tal vez los mapas de obra pública olvidaron cruzar el puente.
Lo cierto es que si vivís en Quequén y lográs no torcerte un tobillo al salir de tu casa, podrías considerarte afortunado. O bendecido. O simplemente, con buen equilibrio. Que no es poco en un distrito donde lo nivelado escasea.
En el universo PAMI, la gran “reorganización” podría tener un efecto colateral más que interesante para la municipalidad: por cada paciente que se traslada, podría significar menos dinero entrando a las arcas locales. Una especie de sangría monetaria disfrazada de ajuste.
Por otro lado, los “viejos” —esos que podrían ser el pilar de la sociedad, o al menos quienes aportaron durante años— podrían estar siendo enviados a un lugar que, digamos con toda delicadeza, no sería precisamente un palacio de recursos ni comodidades.
Pero bueno, a fin de cuentas, considerando que a muchos no les queda mucho por delante, quizás el lujo de un buen servicio médico ya no sea tan indispensable. O eso podrían pensar quienes toman estas decisiones desde sus oficinas cómodas, lejos de los pasillos y las salas de espera.
Así que, mientras el municipio ve cómo se le escapa la plata con cada baja de afiliados, los jubilados podrían estar enfrentando la cruda realidad de la falta de recursos. ¿Quién dijo que la salud pública no sabe hacer cuentas?
En la política local, podría estar gestándose una alianza curiosa entre partidos que ni siquiera parecerían tener demasiado en común, pero que podrían juntarse para sumar votos o, al menos, titulares.
Los candidatos podrían contar con más camisetas que un equipo de fútbol en temporada alta, y probablemente se les podría ver en fotos y más fotos, todos juntos, sonrientes, abrazándose como si el destino del distrito dependiera de esas imágenes.
Entre risas, murmullos entredientes y caretas que podrían estar a punto de caer, se anunciarían ideas viejas disfrazadas de novedosas, promesas que probablemente nunca se concretarían, y propuestas que podrían quedar archivadas junto con los sueños de campaña anteriores.
Por supuesto, las publicidades podrían ser más costosas de lo que se imagina, pero solo para mantener contentos a ciertos aportantes que podrían preferir no tener ningún “mal” comentario en sus perfiles.
Y así, entre anuncios, selfies y sonrisas, la campaña podría parecer un show muy bien ensayado… solo que la función, lamentablemente, podría no tener final feliz para quienes esperan cambios reales.
Porque al final del día, todo eso podría ser sólo un gran teatro donde lo único seguro es que la próxima temporada arrancará con los mismos actores y guionistas reciclados… pero con más filtros y menos vergüenza.
Porque acá, en esta ciudad y en este país, la esperanza es lo último que se corta. Salvo la luz.

