Hay consignas que en campaña suenan hermosas. “Ficha limpia”, transparencia, ética pública… palabras prolijas que se imprimen bien en los flyers y se comparten mejor todavía en redes. El detalle —siempre está el detalle— aparece cuando llega la hora de mostrar los papeles. Y ahí, silencio.
Y ojo: aparte de aquello de la “ficha limpia”, ahora tenemos otro capítulo. Un “proyecto” muy promocionado, muy repetido en posteos, videos y frases cortitas. Pero del proyecto en sí —contenido, alcance, objetivos— poco y nada. Mucho marketing… y casi ninguna explicación.
Lo curioso es que quienes hoy anuncian iniciativas con bombos y platillos, ayer señalaban con el dedo a los que asumían una banca y, a los pocos meses, volvían a su viejo sillón. Y mirá la ironía: apenas se acomodaron, también se les fueron dos.
Una, regresó tranquilamente a su cargo como funcionaria en un ente nacional. La otra, ya jugaba a otra cosa: usó la candidatura como trampolín, sabiendo desde el primer día que iba a dar un paso al costado. Después hablan de compromiso.
Del otro lado del mostrador, el otro partido hizo algo parecido: la cabeza de lista —para muchos, quien terminó licuando votos— también pegó la vuelta y regresó a su lugar de siempre. El círculo perfecto: prometer, ganar, irse.
Entre tanto, podemos anotar un punto a favor: este año hay presupuesto aprobado. Parece algo básico, pero por acá es casi un hecho histórico. Un logro que, si se gestiona bien, podría marcar una diferencia real… o quedar en un papel prolijamente encuadernado.
Hablemos de fiestas: se prohibieron los fuegos artificiales, pero los fuegos estuvieron. Se anunciaron controles, aunque nadie sabe si miraban al cielo o recorrían los comercios donde se vendía lo prohibido. Cosas que pasan cuando las decisiones quedan a mitad de camino.
El tránsito sigue siendo nuestra vieja pesadilla: más accidentes, calles rotas, arreglos que “se ven”… y se rompen. Lo que no se arregla, crece. Y lo que se arregla, dura lo que un suspiro.
A eso se suman los problemas “importados”: los trapitos o cuidacoches. Se comenta que varios llegan “derivados” desde otras ciudades, donde el intendente de turno “resolvió” el tema mandándolos a otro lado. Y —casualidades de la vida— su color político coincide con el que hoy manda en el país. No hace falta decir más: cuando arriba y abajo son del mismo equipo, parece que el problema siempre encuentra pasaje.
Y en Quequén, como siempre, un mundo aparte. Se nota la frontera invisible entre “la playa” y el resto. Turistas, camiones, veraneantes que —si pudieran— estacionarían a diez centímetros del mar. Resultado: calles desbordadas, caos anunciado y paciencia al límite.
Ojalá que este año, tantas veces prometido en campaña, sea de verdad para mejor. Que no todo quede en slogan, que la ciudad empiece a progresar en serio. Porque los vecinos ya no piden milagros: piden coherencia, gestión y, sobre todo, respeto.
Que sea tiempo —por fin— de que la ciudad mejore.

