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Pity Álvarez: cuando el caos todavía sabe cantar

Pity salió al escenario como siempre: tarde, frágil, eléctrico y absolutamente consciente de que nadie había ido a buscar prolijidad. El recital del fin de semana no fue un regreso, tampoco una reivindicación. Fue, más bien, una confirmación: hay artistas que no vuelven porque nunca se fueron del todo, aunque hayan estado ausentes de todo lo demás.

La voz apareció quebrada, rasposa, a veces errática. Pero cuando encontró la melodía —y lo hizo más de una vez— quedó claro que el talento sigue ahí, intacto en el lugar más incómodo. No hubo pose de redención ni discurso armado. Hubo canciones. Y eso, tratándose de Pity, ya es bastante.

Los temas de Intoxicados y Viejas Locas funcionaron como una memoria colectiva: apenas sonaban los primeros acordes, el público completaba lo que el cantante dejaba en suspenso. No fue karaoke: fue pacto. Nadie esperaba afinación perfecta; todos querían verdad. Y la hubo, desordenada, irregular, pero real.

El show tuvo momentos de deriva, silencios incómodos y alguna sensación de que todo podía caerse en cualquier instante. Justamente ahí apareció la mística. Pity nunca fue un artista de control, sino de riesgo. Y este recital fue eso: un equilibrio precario entre la lucidez y el abismo, sostenido por canciones que ya son parte del ADN del rock nacional.

No fue un gran recital en términos técnicos. Fue algo más difícil de clasificar: una prueba de vida artística. Un recordatorio de que hay figuras que no se miden por constancia, sino por impacto. Cuando Pity canta “Fuego”, “Una vela” o “El rey”, no interpreta un tema: se expone.

Al final, quedó la sensación de haber visto algo imperfecto pero genuino. En tiempos de shows calculados, playlists predecibles y artistas que no se salen del libreto, Pity Álvarez sigue siendo eso que incomoda, desarma y, cuando quiere, emociona.

No fue un final feliz. Fue rock. Y eso, para algunos, todavía importa.