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Obras sí, pero no para todos: la 536 sigue fuera del radar

En Quequén pasan cosas curiosas. Esta semana se celebró la aprobación para reparar el primer tramo de la Avenida Almirante Brown, una arteria clave que conecta tránsito pesado, puerto y barrio. Aplausos, fotos, declaraciones y el clásico “esto era muy necesario”. Todo en orden.

Ahora bien: ¿alguien se acordó de la calle 536?

Porque la 536 no es un pasaje olvidado donde circulan bicicletas y perros con correa. Es también vía de tránsito pesado. Camiones cargados, vibraciones constantes, pozos que ya tienen nombre propio y vecinos que hace rato dejaron de contar los parches. Pero en el radar oficial, pareciera que la 536 tiene modo avión activado.

La reparación de la Brown era urgente, nadie lo discute. El asfalto venía pidiendo auxilio hace rato y el desgaste por el flujo portuario es evidente. El problema no es lo que se hace. El problema es lo que sistemáticamente no se hace.

Porque cuando el criterio es “tránsito pesado”, la 536 entra en la misma categoría. Cuando el argumento es “conectividad estratégica”, la 536 también conecta. Cuando se habla de “seguridad vial”, los vecinos de esa zona podrían aportar varias anécdotas que no son precisamente divertidas.

En Quequén existe una especie de geografía emocional del asfalto: hay calles que duelen más que otras. Y no siempre por el tamaño del bache, sino por la visibilidad política del lugar. La Brown está en el foco. La 536 parece estar fuera del encuadre.

Y acá aparece la pregunta incómoda: ¿la planificación urbana responde a un esquema integral o a una secuencia de urgencias mediáticas? Porque si el tránsito pesado destruye pavimento —y lo destruye—, el abordaje debería ser completo, no por capítulos aislados.

Los vecinos de la 536 no piden una alfombra roja. Piden coherencia. Si el argumento técnico es válido para una avenida, debería serlo también para una calle que soporta la misma carga estructural. El asfalto no distingue discursos.

Mientras tanto, la escena es conocida: se celebra una obra (bienvenida sea), pero la sensación de desigualdad persiste. Y eso es lo que termina erosionando más que el tránsito pesado: la idea de que algunos sectores siempre esperan un poco más.

En definitiva, Quequén no necesita obras selectivas. Necesita un plan claro, cronograma público y criterios transparentes. Porque cuando el mapa de prioridades es difuso, el vecino empieza a sospechar que no todos los caminos llevan a la misma atención.

Y en la 536, por ahora, lo único que abunda es polvo.