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La plaza no se vende: el conflicto que nadie explica en Quequén

La Plaza 3 de Agosto volvió a quedar en el centro de una disputa que mezcla abandono histórico, decisiones sin explicación y un profundo malestar vecinal. El alambrado de un sector del espacio público, ligado a la estructura inconclusa de la Estación Hidrobiológica de Quequén, encendió las alarmas por la falta de información oficial, permisos visibles y participación ciudadana. Bajo el argumento de la “puesta en valor”, el conflicto vuelve a exponer una vieja herida: cómo se decide el destino de los espacios públicos, quién lo define y hasta dónde se puede avanzar sin consenso ni transparencia. La intervención sumó un nuevo capítulo cuando salió a la luz un dato difícil de ignorar. En 2024, la Municipalidad llamó a licitación para el mejoramiento de la Plaza 3 de Agosto y, para hacerlo, utilizó un mapa que delimitaba claramente el área de intervención. Ese plano incluye como parte de la plaza el mismo sector que hoy está ¿ alambrado? y en disputa. Mientras distintos organismos hablan de recuperación y puesta en valor, vecinos y organizaciones advierten que se está avanzando sobre un espacio que figura formalmente como plaza pública, con criterios que parecen cambiar según quién intervenga y en qué momento

Y ahí aparece la sensación incómoda.
Es raro.
Raro que después de décadas de abandono, de yuyos, de paredes comidas por el salitre y el olvido, alguien se acuerde de golpe que ese edificio existe. Más raro todavía que ese “alguien” esté a más de 500 kilómetros de distancia. Y todavía más raro —o tal vez no tanto— que ese recuerdo llegue justo ahora, cuando la zona atraviesa un auge de construcción y movimiento como no se veía hace años.

Casualidad o no, en las inmediaciones de la Estación Hidrobiológica —aunque fuera del área puntual hoy en conflicto— hasta hace poco funcionaba uno de los pocos espacios de estacionamiento espontáneo para quienes concurrían al balneario cercano. Un lugar clave en los días de calor, cuando Quequén se llena, cuando el mar convoca y el espacio público se vuelve necesario. Ese sector, hoy convertido en un proyecto edilicio, dejó al descubierto otra tensión: cómo el crecimiento urbano va ocupando espacios que antes cumplían una función social básica, y cómo esas transformaciones terminan influyendo, directa o indirectamente, en disputas más amplias sobre el uso del territorio.

Resulta llamativo que de una Estación Hidrobiológica —con todo lo que eso representa en términos científicos, educativos y ambientales— surja como primera iniciativa concreta la idea de hacer un estacionamiento. No como algo accesorio o transitorio, sino como argumento central: “para financiar parte de la obra”. Y ahí es donde la incomodidad crece, porque una vez más el punto económico parece ordenar todo lo demás.

Las fallas aparecen por todos lados. Nadie se hace cargo del todo. Desde el área de Planeamiento municipal, un funcionario informó que el espacio en disputa pertenece a la Estación Hidrobiológica, deslindando responsabilidades sobre la intervención. Sin embargo, la explicación deja más preguntas que respuestas: en 2024 la propia Municipalidad utilizó ese mismo sector para una licitación de mejoramiento de la plaza, apoyándose en un mapa que lo incluía dentro del área pública. Resulta difícil de explicar cómo se puede licitar, intervenir y hasta obtener rédito económico sobre un terreno que, según se afirma ahora, no le pertenece. Lobería, antigua propietaria administrativa de Quequén, no tiene precisiones. La Provincia de Buenos Aires, ausente. Y si quienes gobiernan no saben —o no explican— qué pasa con una plaza frente al mar, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué queda para el resto?

Al final, como casi siempre, los que pagan son los mismos. Los que no tienen nada… o sí: una plaza. Un espacio público, gratuito, frente al mar. Un lugar para sentarse, para mirar, para estar. Y parece que eso, en este sistema, vale cada vez menos.