Hay partidos que se llenan la boca hablando de libertad. Libertad para decidir, para cambiar, para “terminar con lo viejo”. Pero cuando llega la hora de sentarse en una banca y hacer el trabajo, queda a la vista algo mucho más simple —y más grave—: parece que antes de asumir, nadie se tomó el tiempo de estudiar qué significa ser concejal.
Porque no es el primer error. Ni el segundo.
Primero fue la ilusión triunfalista: ganar y creer que, por arte de magia, en las reuniones iban a hacer lo que quisieran. Como si el Concejo fuese una sala privada y no un ámbito democrático donde se debate, se acuerda y —sobre todo— se respeta.
Después vino el “olvido”. Y no hablamos de una carpeta extraviada. Se cayó una licitación. Y si fuera por algo material, quizás pasaría como una torpeza más. Pero cuando lo que está en juego es comida para el hospital, el descuido deja de ser torpeza y empieza a parecer irresponsabilidad.
Como si fuera poco, apareció la bravuconada: un edil invitando a pelear, con frases poco caballerescas, casi de bar de madrugada. Y claro… cuando desde la cabeza se habilita el desborde, el resto copia el estilo. Vieja regla: lo que marca arriba, se reproduce abajo.
Lo preocupante es que esto no quede apenas como anécdota de archivo. Que no sea otra nota que pasa, indigna un rato y se olvida.
Si alguien se postuló, firmó una lista, pidió el voto y prometió cambio, lo mínimo era prepararse. O, quién sabe… tal vez la famosa “escuelita de los concejales” decidió tomarse vacaciones adelantadas.
El problema es que el distrito no tiene receso. Y la gente —menos que menos—.

