En Necochea y Quequén hay algo que nunca falla: la capacidad de entusiasmarse con proyectos enormes… y después olvidarlos con la misma velocidad. Así nacen los famosos “elefantes blancos”, esas obras que prometían cambiarlo todo y hoy apenas decoran el paisaje con hormigón, pasto alto y silencio administrativo.
El polideportivo fantasma del río: deporte… pero de resistencia al abandono
Arrancó en 1982, impulsado por la Armada en torno al Liceo Naval. La idea era ambiciosa en serio: pileta climatizada, canchas para distintas disciplinas y hasta infraestructura náutica aprovechando el río Quequén. Un complejo pensado no solo para la formación, sino como un polo deportivo que podía haber cambiado esa zona de la ciudad.
Duró poco. Al año siguiente, la obra se frenó. Sin inauguraciones, sin explicaciones claras y, lo más importante, sin continuidad. Lo que quedó fue la base: columnas, cimientos y una estructura que nunca llegó a ser nada… pero tampoco desapareció.
Hoy, más de 40 años después, sigue ahí, a metros de la Terminal de Ómnibus, resistiendo como puede. Generaciones enteras crecieron viéndola sin saber bien qué era. Tenía proyecto, presupuesto y objetivo. Le faltó algo clave: terminarse.
Y así quedó: no es un polideportivo, no es un espacio público, no es ruina histórica. Es algo peor: una obra que nunca llegó a ser. Un símbolo perfecto del deporte que mejor practicamos como ciudad… el de dejar las cosas a mitad de camino.
El polideportivo de Quequén: cambiar el proyecto… y después olvidarse de terminarlo
Más nuevo, pero igual de familiar. Este caso arranca en 2017, con una obra proyectada frente a la plaza de Quequén, en una zona clave para la comunidad.
Primero iba a ser un natatorio. Después, con cambio de gestión, pasó a reconvertirse en un polideportivo multifuncional. La idea, otra vez, sonaba perfecta: deporte, inclusión y un espacio para el barrio.
La obra avanzó… hasta que dejó de avanzar.
Quedó una estructura importante, lo suficientemente desarrollada como para no empezar de cero. Pero también lo suficientemente incompleta como para no servir para nada. Con el paso del tiempo llegaron anuncios de reactivación, promesas de financiamiento y buenas intenciones.
Lo único que no llegó fue el final de obra.
Y ahí está el detalle: no hace falta esperar 40 años para construir un elefante blanco. A veces alcanza con un par de gestiones, algunos cambios de idea y una obra que queda en pausa permanente.
Este no envejeció todavía… pero ya aprendió rápido las reglas del juego.
El museo que nunca fue: ciencia, promesas… o estacionamiento premium
Este es, quizás, el más irónico de todos. Porque mezcla abandono histórico con polémica reciente.
La historia arranca hace más de medio siglo, cuando se proyectó una sede para la Estación Hidrobiológica de Quequén frente al mar, junto a la plaza 3 de Agosto. La obra comenzó en 1981 con la idea de crear un centro científico de referencia, con laboratorios, espacios educativos y apertura a la comunidad.
Quedó casi terminada. Y así quedó.
Más de 40 años después, la estructura sigue ahí: deteriorada, cerrada y esperando una decisión que nunca termina de llegar.
Pero este verano algo cambió. O al menos, eso parecía. Se anunció la reactivación del proyecto, la puesta en valor del predio y la recuperación de un espacio clave frente al mar.
Hasta que apareció el detalle incómodo.
El terreno fue alambrado, captando —según asociaciones vecinales— parte del espacio que pertenece a la Plaza 3 de Agosto. A partir de allí, la historia dejó de ser solo abandono para transformarse en conflicto. De acuerdo a lo manifestado por personal que llegó en el marco de los anuncios de reinicio de la obra, el predio sería utilizado como estacionamiento durante la temporada. La decisión generó un fuerte malestar en la comunidad, que cuestionó la ocupación del espacio público y llevó el reclamo incluso a la Justicia.
Pasaron los meses. La obra no avanzó.
Y el mantenimiento tampoco. Solo un cartel anunciando promesas que un viento fuerte se llevara volando.
Así, lo que iba a ser un faro científico terminó siendo el ejemplo perfecto de una lógica repetida: primero el abandono, después el anuncio… y en el medio, si se puede, hacer caja.
Necochea y Quequén no solo acumulan obras inconclusas. Acumulan historias a medio contar. Proyectos que arrancaron con fuerza y se fueron diluyendo entre cambios de gestión, falta de fondos o, simplemente, falta de decisión.
Lo curioso no es que existan estos elefantes blancos. Lo preocupante es que ya ni sorprenden. Están tan integrados al paisaje como el río o el viento.
Porque en el fondo, cada una de estas estructuras dice lo mismo:
acá hubo una idea grande… que nunca encontró final.

