Otra vez se acerca el ritual. Las boletas, las promesas recicladas, las sonrisas de plástico y los discursos que juran “cambio” como si fuera una palabra nueva. El 26 de octubre habrá elecciones, y mientras los candidatos se sacan fotos abrazando perros, jubilados o plantitas, uno se pregunta: ¿de verdad todavía creemos que esto se trata de política?
Porque ya ni se esfuerzan en disimular. Lo que antes era una vocación se transformó en un empleo estable con aguinaldo, chofer y viáticos. Los “representantes del pueblo” parecen más preocupados por asegurar su lugar en la lista que por mirar de frente a los vecinos que dicen representar.
El sistema electoral, ese que debería servir para decidir el rumbo, terminó siendo un casting de egos donde el premio no es servir, sino cobrar. No se trata de proyectos, se trata de sueldos. No se trata de gestión, sino de sobrevivir cuatro años más en el sillón.
Mientras tanto, los ciudadanos seguimos haciendo malabares con los precios, los jóvenes siguen buscando futuro en otro lado y los discursos siguen hablando de esperanza, como si fuera una marca registrada que se renueva cada campaña.
Quizás el problema no sean solo ellos, sino también nosotros: los que seguimos votando con resignación, con bronca o con el “mal menor” entre los dientes. Los que sabemos que nada cambia, pero igual vamos, porque no hacerlo sería peor.
El próximo domingo habrá urnas, boletas y caras sonrientes en los afiches. Pero si algo dejó claro el tiempo, es que la verdadera elección no está en el sobre, sino en dejar de comprar el mismo cuento.
Si la política ya no es servicio sino salario, entonces habrá que empezar a pedirles lo mismo que a cualquier trabajador: que laburen, que rindan cuentas y que si no cumplen, se vayan.
Porque gane quien gane, los únicos que seguimos pagando la campaña —y sus consecuencias— seguimos siendo los mismos.

