Relato con Kem Kem, 1º de agosto
Dicen que agosto llega pateando fuerte, y que hay que recibirlo con algo más que abrigo. En el campo, los más viejos miran el cielo ese día y mascullan refranes antiguos, como si en cada nube estuviera escrita la receta para aguantar el año.
Kem Kem lo sabía. Aunque no recordaba bien quién se lo había contado primero, algo en su sangre le decía que el 1º de agosto no era un día más.
Esa madrugada, con el rocío pegado a las ventanas y el silencio del campo apenas roto por algún gallo atolondrado, sintió un hormigueo raro en el cuerpo. Se sentó al borde de la cama y escuchó. Algo lo llamaba.
Encendió el fogón, como cada mañana, pero antes de poner la pava, se quedó mirando el fuego… y cerró los ojos. Y entonces pasó.
Se vio caminando entre monte espeso, siguiendo el canto de un pájaro que no conocía. En el claro del bosque, lo esperaba un anciano de rostro curtido, ojos sabios y poncho pesado como la historia.
—Kem Kem… hoy la tierra abre los ojos, le dijo el viejo.
—¿Quién sos?, preguntó él.
—Un cuidador de la memoria. Hoy te toca aprender.
Se sentaron frente al fuego, y el anciano comenzó a hablarle del 1º de agosto.
—Hace siglos, los pueblos originarios sabían que este mes venía bravo. El frío, las enfermedades, los malos aires… todo se acumulaba. Por eso preparaban una bebida sagrada: caña con ruda macho. La ruda limpia. La caña da fuerza. Juntas, te cuidan el cuerpo y el alma.
Le explicó que se debía tomar en ayunas, que había que preparar el brebaje días antes, dejando que las hojas de ruda perfumen y curen el licor. Que era una tradición que se pasaba de abuelos a nietos, entre mate y silencio.
—No es solo para vos —dijo el anciano—. Es por los que ya no están, por los que vienen, por los que caminan con vos y no lo sabés. Tomar caña con ruda es un gesto de respeto con la tierra y con tu historia.
Y mientras el viejo alzaba un cuenco humeante y lo acercaba a sus manos, Kem Kem sintió el aroma profundo, fuerte, como de monte recién llovido.
Iba a tomar…
Pero justo ahí, se despertó.
Estaba otra vez en su rancho. La leña sin prender. El mate frío. Pero el pecho le latía fuerte, como si hubiera estado cabalgando entre siglos.
Miró el reloj: 1 de agosto, 7:03 a.m.
Se calzó las alpargatas al revés, agarró la bici y salió volando al almacén del Tano.
—¡Guardame caña con ruda, que me lo pidió un chamán!
Y mientras el viento le soplaba en la cara, pensó que a veces los sueños no son sueños… son recordatorios.

