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El gran acto de desaparición

Pasaron las elecciones y, como por arte de magia, los candidatos desaparecieron. ¡Puf! Como esos magos de cumpleaños que esconden un conejo en la galera, solo que acá escondieron a los futuros gobernantes. Hasta hace dos semanas no había esquina sin sonrisa plastificada en un afiche, ni canal de televisión sin promesas de “cambio”, “gestión” y “progreso”. Ahora, silencio absoluto. Parece que se tragó a todos la tierra.

Los que ganaron se esconden detrás de un triunfo que se estira hasta diciembre, como si gobernar empezara recién cuando les entregan la llave de la oficina. Los que perdieron, mientras tanto, andan con cara de póker, tratando de entender cómo fue que los aplausos se transformaron en bostezos. Y el resto, los ciudadanos, seguimos en el mismo lugar de siempre: haciendo cola, pagando de más, esquivando pozos, viendo cómo todo sube menos los sueldos.

El escenario político actual se parece más a un teatro vacío después de la función: los actores ya se fueron, las luces se apagaron, pero el público sigue sentado en la butaca, esperando que alguien vuelva al escenario a decir algo, lo que sea. Y nada. Ni una línea de guion, ni un aplauso de despedida. Solo silencio.

Qué curioso, ¿no? Durante la campaña, había planes para todo: para la ciudad, para el país, para el futuro, para la vida misma. Ahora no hay planes ni para mañana. Parece que los discursos venían con fecha de vencimiento: “válidos hasta el cierre de urnas”.

Mientras tanto, la realidad no espera. La inflación galopa, la inseguridad aprieta, los hospitales se caen a pedazos, las calles siguen siendo cráteres lunares, y el único ruido que se escucha es el de la gente contándose monedas. Pero claro, de eso ya no se habla. Hasta diciembre, todo parece estar en pausa. Como si hubiera un botón mágico que detuviera los problemas solo porque los candidatos están de vacaciones post-electorales.

Es tan grotesco como previsible. Porque lo que hoy vemos es el verdadero rostro de la política de campaña: una obra de teatro que se desarma al bajar el telón. Después, la realidad es otra: micrófonos apagados, voceros mudos y dirigentes con paradero desconocido. ¿Y la gente? Que espere, que aguante, que ya en diciembre, quizás, alguien se acuerde que hay que gobernar.

En definitiva, los candidatos se fueron, pero los problemas se quedaron. Y la ciudadanía, otra vez, quedó a la intemperie. Sin diálogo, sin explicaciones, sin una mínima palabra de contención. La democracia se reduce a un espectáculo de temporada: cuatro meses de promesas, cuatro años de excusas.

Desde El Faro, lo decimos con ironía amarga: si la política fuera un restaurante, los candidatos serían esos mozos que te dan la carta, te prometen un banquete inolvidable y, apenas pedís, desaparecen para siempre. Solo queda la mesa vacía, la cuenta por pagar y el estómago igual de vacío que al principio.