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Los mandaron a la guerra sin abrigo, sin experiencia… y durante años, sin memoria

“Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar…”. La frase, repetida durante décadas, funciona casi como un juramento. No olvidar. No soltar. No dejar que el tiempo haga su trabajo más cruel: volver difuso lo que duele.

El 2 de abril aparece cada año con ese peso. No es solo memoria, es también una incomodidad persistente. Porque recordar Malvinas no debería ser un acto automático ni vacío. Debería ser, ante todo, una oportunidad para mirar de frente lo que pasó y lo que se hizo —o no se hizo— después.

En aquel otoño de 1982, muchos salieron sin entender del todo por qué. Creyeron que iban a defender la patria, que la historia los estaba llamando. Y en algún rincón de esa ilusión, todavía resuena la idea de que no era justo. Que no había preparación. Que el frío no venía solo del clima, sino también del abandono. La guerra, cuando se la despoja de épica, muestra su cara más cruda: jóvenes empujados a una experiencia límite, sostenidos más por coraje que por certezas.

Del otro lado, también había humanidad. Porque en medio del ruido y la confusión, alguien pudo ver a otro igual. Con miedo, con dudas, con una vida esperando lejos. Y ahí aparece una verdad incómoda: que la guerra enfrenta personas antes que banderas, y que en ese cruce nadie sale intacto.

Con el paso del tiempo, la memoria se volvió una isla. Una isla donde habitan los que quedaron y los que volvieron distintos. Donde todo quedará en la buena memoria, como si recordar fuera la única forma posible de justicia frente a lo irreparable. Pero la memoria sola no alcanza si no viene acompañada de una mirada crítica.

Porque también hay otra herida: la del después. Durante años, muchos de esos pibes fueron olvidados. Volvieron a un país que no siempre supo qué hacer con ellos. Que los silenció, que tardó en escucharlos, que demoró demasiado en reconocerlos. Y sin embargo, siguen ahí, cargando historias que a veces apenas se animan a salir en voz baja.

Hoy, cuando se habla de héroes, conviene frenar. Sacarles el bronce, bajarles el volumen épico, y mirarlos de frente. Entender que no son figuras lejanas sino personas de carne y hueso, atravesadas por lo que vivieron. Personas que merecen algo más que un recuerdo anual.

El 2 de abril no debería ser solo una fecha solemne. Debería ser una incomodidad activa. Una pregunta abierta sobre las decisiones políticas, sobre el valor de la vida, sobre la forma en que una sociedad acompaña a quienes envía —o deja ir— a la guerra.

Porque si algo sigue latiendo debajo de todo esto, es ese mandato inicial que todavía resiste: no olvidar. Pero tampoco dejar de pensar. Porque la memoria, cuando es honesta, no solo recuerda… también interpela.