El Puente Rocha no nació para hacer historia. Nació para apagar un incendio.
En 1980, cuando el río Quequén Grande creció más de lo debido y se llevó puesto al puente Ezcurra, la urgencia no dejó margen para debates ni proyectos ambiciosos. Había que volver a unir Necochea y Quequén. Rápido. Funcional. Sin épica. Así apareció el Puente Rocha, una estructura pensada para resolver el presente, no para quedarse a vivir en el futuro.
Se lo levantó con lógica de emergencia: que aguante, que conecte, que permita circular. Nada más. Nadie hablaba de décadas, ni de tránsito pesado, ni de que algún día sería la columna vertebral del movimiento diario entre ambas ciudades. Era, en esencia, un puente con fecha de vencimiento implícita.
Pero el tiempo, como suele pasar, hizo lo suyo.
El Puente Rocha empezó a usarse. Primero con cuidado, después con confianza y, finalmente, con exigencia. Pasaron autos, colectivos, camiones. Pasaron caños, servicios, rutinas. Pasaron gobiernos, anuncios y promesas. Y el puente siguió ahí, soportando una carga que nunca figuró en los planos originales.
De a poco, lo provisorio se volvió costumbre. El Rocha dejó de ser “el puente de mientras” y pasó a ser el puente. El que está, el que se cruza todos los días, el que nadie mira demasiado hasta que aparece una grieta, un bache o una luz que no prende.
No tiene la estética de una obra pensada para perdurar ni la solidez de una infraestructura moderna. Tiene, en cambio, las marcas del uso constante y del mantenimiento intermitente. Cada reparación es un recordatorio de su origen: arreglar para que aguante un poco más.
Con los años, el Puente Rocha se convirtió en algo más que una estructura vial. Es un símbolo silencioso de cómo la urgencia suele ganarle a la planificación. De cómo las soluciones temporales, cuando no se discuten, se transforman en definitivas. De cómo una ciudad aprende a vivir con lo que hay, incluso cuando sabe que no era lo ideal.
Hoy, más de cuarenta años después, el Puente Rocha sigue cumpliendo la función para la que nunca fue diseñado a largo plazo. Une, sostiene, resiste. No por decisión estratégica, sino por inercia histórica.
Es un puente que no fue pensado para ser protagonista, pero que terminó contando una historia muy conocida: la de lo provisorio que se vuelve permanente, y la de una ciudad que cruza todos los días una solución de emergencia convertida en paisaje.


