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Biografía: La Colonia Pinocho y los días eternos

Mucho antes de que las risas de los chicos llenaran sus pasillos, el edificio frente al mar de Quequén tuvo otra historia.

En la década del 50, cuando el balneario recién comenzaba a consolidarse como destino turístico, entre médanos movedizos y caminos de arena se levantó una construcción distinta a todas las demás. Era la Hostería Tourbión, un edificio de líneas modernas y elegantes, pensado para recibir visitantes, ofrecer comodidad y darle a la costa quequenense un aire de progreso.

La hostería se inauguró en enero de 1952. Desde sus amplios ventanales se veía el mar, y en sus terrazas se podía disfrutar de la brisa salada mientras sonaban orquestas en la confitería. Tenía habitaciones con baño privado, departamentos amoblados y un salón de té que se convirtió en punto de encuentro para turistas y vecinos curiosos. Para la época, era todo un adelanto.

Pero Quequén todavía era un lugar indómito. El viento empujaba la arena sobre los caminos, los médanos avanzaban y no siempre era fácil llegar hasta la costa. A pesar del entusiasmo inicial, el proyecto no logró sostenerse. Con el paso de los años, el brillo de la Tourbión se fue apagando y, antes de terminar la década, el edificio quedó en silencio, mirando al mar como un gigante dormido.

Parecía el final de la historia.
Pero en realidad, era apenas un cambio de capítulo.

A comienzos de los años 60, el edificio volvió a cobrar vida de una manera inesperada. El pediatra Mauricio Bicoff, que se había radicado en Necochea para ejercer su profesión, vio en esas paredes algo más que un viejo hotel abandonado. Vio la oportunidad de crear un lugar para los chicos.

Así nació la Colonia Pinocho.

Ya no llegaban turistas con valijas elegantes, sino micros llenos de niños, con mochilas, gorras y una mezcla de nervios y entusiasmo. Venían de distintas provincias del país, muchos de ellos sin haber visto nunca el mar. Para algunos, ese viaje era la primera gran aventura de sus vidas.

La colonia se convirtió en su casa de verano. Por la mañana, el sonido del mar marcaba el inicio del día. Después del desayuno, venían los juegos en la playa, los deportes, las caminatas entre los médanos. El edificio, que antes había sido una hostería, ahora estaba lleno de voces, canciones y carreras por los pasillos.

Había días de sol, de castillos de arena y chapuzones interminables. Y también días de viento, cuando los juegos se trasladaban al interior, con teatro, películas y kermesses improvisadas. Cada jornada terminaba con fogones en la playa o actividades nocturnas, mientras el mar seguía rugiendo de fondo.

El viejo edificio había cambiado de alma.
Donde antes hubo música de salón, ahora había risas infantiles.
Donde antes hubo turistas, ahora había sueños de verano.

Con el tiempo, la Colonia Pinocho se volvió un recuerdo imborrable para miles de chicos. No todos volvieron a Quequén, pero todos se llevaron algo del mar, del viento y de aquellos días frente a la playa.

Y aunque el edificio ya no exista, su historia sigue viva en la memoria de la ciudad.