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“Una experiencia en la guardia del Hospital Municipal”

Por cuestiones familiares tuve que concurrir al Hospital Municipal de Necochea. El ingreso fue directo por la guardia, desde una ambulancia, cerca de las 11.30 de la mañana. Como corresponde, me dirigí a la entrada y esperé. Pacientemente.

Mientras el reloj avanzaba, fui testigo de una escena que se repetía: personas que entraban y salían, problemas distintos, dolores distintos. Porque es lógico —y vale aclararlo— que para quien lo padece, su caso siempre es grave. La puerta se abría y se cerraba. A algunos los llamaban por apellido, a otros por número. En medio de eso, se escuchaba a una doctora decirle a otros empleados: “no doy más”. Y no, no había millares de personas. No era una guardia desbordada por cantidad.

Consulté por mi espera. La respuesta fue seca: “espera”. Y la puerta cerrada en la cara. El tiempo siguió corriendo. Dos horas después, la sala seguía rotando. Algunas personas comentaban que estaban allí desde las 9 o 9.30 de la mañana. Volví a preguntar. “Ahí te averiguo…”, me dijeron. La respuesta nunca llegó.

Tras otro intento, informaron que había que esperar el resultado de un estudio. Para entonces ya eran las 15 horas. En el medio, un desalojo general para baldear, personas que se retiraban cansadas de esperar, nuevas que llegaban con visibles muestras de dolor. La guardia seguía siendo un espacio tenso, cargado, humano.

El último tramo de esta travesía tuvo otro color: cuando llaman a un familiar para que ingrese. Esperé varios minutos más la llegada del médico que debía actuar. Al aparecer, dijo sin más: “uhh, me olvidé que te había hecho pasar”.

Finalmente nos retiramos con un diagnóstico simple y la indicación de consultar con el médico de cabecera. Nada más.

Y acá empieza la reflexión.

Se entiende el trabajo que realiza el personal de salud. Se entiende la presión constante de familiares y pacientes que reclaman atención inmediata. Se entiende, incluso, la falta de médicos y que no haya postulantes suficientes para cubrir guardias. Todo eso se entiende.

Lo que cuesta entender es si este personal cuenta con apoyo psicológico periódico y obligatorio. Si existe una preparación real no solo para ejercer su labor médica, sino para la atención humana de quienes llegan en situaciones límite. Si hay controles, acompañamiento, contención para quienes trabajan todos los días en urgencias.

Porque lo más importante —y tal vez lo más olvidado— es la atención humana. Eso también debería mirarse, revisarse, evaluarse. La pregunta queda abierta: ¿cuál es la situación real del sistema de salud local? ¿Y por qué se perciben diferencias en el valor humano entre distintos nosocomios?

No es una carta contra nadie. Es una carta para pensar. Porque en una guardia, además de diagnósticos, también se atienden personas.