Press "Enter" to skip to content

Biografia: El gigante que vio nacer al balneario: historia viva del Hotel Quequén

Hay edificios que envejecen; otros, directamente, se convierten en personajes. El Hotel Quequén es de esos últimos. Con más de un siglo sobre sus paredes —y varias vidas encima— sigue allí, firme frente al mar y al viento, recordando que esta zona alguna vez soñó con codearse con la aristocracia porteña.

Cómo nació ese sueño de lujo

El hotel fue construido originalmente como Hotel Balneario Victoria: sus puertas se abrieron alrededor de 1892, aunque su inauguración oficial se celebra en 1895.
El proyecto buscaba emular a los grandes balnearios europeos: se inspiró en establecimientos prestigiosos de lugares como Biarritz o San Juan de Luz, tomando “lo mejor de cada uno”.
Su ubicación lo hacía especialmente atractivo: estaba a unas quince cuadras de la estación de tren, a sólo 100 metros del océano y a 300 metros de la desembocadura del río Quequén Grande.

La llegada del tren en 1893 cambió la historia de este rincón costero: lo que antes podía llevar días en diligencia, en tren se hacía en unas 12 horas. Esa nueva conexión catapultó el hotel y transformó a Quequén en destino veraniego para muchas familias porteñas adineradas.

Belle Époque en la costa: vida adentro del hotel

Dentro del Hotel Quequén no faltaba nada. Sus comodidades burlaban el estándar del momento:

  • Tenía agua corriente, fábrica de hielo, salón de té, bar, salas de masajes y baños con agua de mar, peluquería, una lechería propia donde se elaboraban quesos y productos lácteos, un lavadero propio y hasta caballerizas.
  • Su jardín delantero estaba cerrado por pesadas verjas de madera, y al entrar se accedía por puertas amplias a la conserjería, luego a un patio rectangular con canteros floridos y una fuente de agua —un corazón de calma antes de llegar al vaivén de la playa.
  • Sus interminables corredores conducían a las habitaciones (muchas con vista al mar). En ese entonces podía albergar hasta unas 300 personas distribuidas en departamentos elegantes.
  • Entre sus espacios comunes: un enorme salón comedor —según la crónica, “el más grande de Sudamérica” para su tipo— de 50 metros de largo por 13 de ancho, construido justo sobre la playa. Desde sus mesas se podía ver y escuchar el oleaje mientras se disfrutaban almuerzos o cenas servidos con manteles de hilo, cubiertos de plata y platos de porcelana, atendidos por mozos con traje de gala.

Para muchas familias —matrimonios con hijos, acompañados a veces por mucamas, mayordomos o niñeras— el hotel era su refugio de verano. Llegaban en tren, con baúles, en coches de caballos del hotel, y se quedaban toda la temporada.

Quequén como destino aristocrático: chalets, mansiones y ambiente de elite

El Hotel Quequén no estaba solo. Alrededor de él se levantaron casonas, mansiones y chalets —una verdadera “villa de veraneo aristocrática” sobre la arena.

Buenos apellidos —familias reconocidas de Buenos Aires— elegían esos veranos: entre quienes visitaban habitualmente se contaban figuras como Ezequiel Ramos Mejía, Antonio Bermejo, Emilio Mitre, Ramón Santamarina, Dardo Rocha, entre otros.

Ese contexto convirtió a Quequén en un balneario de moda, con un nivel de exclusividad equiparable a los destinos de elite de principios del siglo XX.

Decadencia, rescate y nuevo renacer

Como muchas grandes estructuras de su época, el Hotel Quequén sufrió el paso del tiempo. La construcción del puerto alteró su contacto directo con la playa, y los visitantes comenzaron a migrar hacia otros destinos como Mar del Plata.

Hacia 1980 cerró sus puertas como hotel. Pero la historia no terminó ahí: un grupo de antiguos huéspedes —familias que recordaban los veranos allí— se organizó, constituyó la Sociedad Anónima Edificio Quequén, y el 15 de diciembre de 1983 compraron la propiedad con un objetivo claro: rescatar el edificio, preservar su memoria y devolverle su dignidad.

Poco después, lo reinauguraron con una fiesta de época: orquesta, invitados, un espíritu nostálgico que evocaba los años de esplendor.
Ahora ya no es un hotel de lujo, sino un “apart-hotel”: las habitaciones fueron reconvertidas en departamentos familiares que muchas de esas familias siguen ocupando —o visitando cada verano— manteniendo viva la tradición.

Hoy el edificio está en buen estado, conserva parte importante de su estructura original, y es considerado parte del patrimonio histórico local.

Por qué sigue importando el Hotel Quequén

Parar frente al Hotel Quequén es mirar a los ojos a más de cien años de historia local. Es imaginar a los veraneantes con sombrillas, a las familias acomodadas entrando por la puerta principal y al mar golpeando a pocos metros, igual que siempre.

Es recordar que, alguna vez, este rincón del litoral bonaerense se soñaba en grande: con salones de baile, cenas con manteles blancos, casonas sobre la arena, mozos de traje, paseos en tren desde la ciudad, y una atmósfera de Belle Époque que parecía ajena a los vientos del sudeste.

Aunque cambie el puerto, las mansiones, los visitantes… el viejo hotel sigue allí, como un puente entre un pasado glamoroso y un presente que lo cuida. Y aunque ya no brille del mismo modo, conserva intacto su valor simbólico: el de un balneario que fue, alguna vez, emblema de lujo, descanso y sueños de mar.