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Todos la usan, nadie la arregla: la novela eterna del tránsito pesado

Si uno quiere entender la novela interminable del deslinde de responsabilidades en Quequén, basta con mirar cualquier calle por donde circula transporte pesado. Elegimos la 536 como ejemplo porque es la más simbólica… pero podría ser cualquiera donde los camiones hacen fila. Es un menú completo de cráteres, losas corridas y paisajes lunar–rurales, aptos para turistas amantes del riesgo extremo.

La 536, entonces, solo como caso testigo. ¿Quién la arregla? ¿La Municipalidad, como correspondería? ¿El Consorcio de Puerto Quequén, que responde a la Provincia? ¿O las empresas que usan esas calles para mover sus insumos y mercancías? Nadie sabe. O mejor dicho: todos “saben”, pero mágicamente ninguno es el responsable. El deporte favorito: señalar al vecino y seguir de largo.

Y lo mejor: ya pasaron las elecciones. Ese único momento cada dos años donde, por arte de campaña, aparecen máquinas, montículos de tosca y fotos sonrientes mostrando “obras”. Pero claro, ya pasó ese veranito. Ahora a esperar 2027, a ver si para entonces queda algún pedazo de pavimento sin desintegrarse.

Mientras tanto, seguimos con el peloteo eterno: la Municipalidad dice “no es mío”, el Consorcio dice “no es mío”, las empresas miran el piso y silban. Y las calles… bueno, se hunden, se rompen, se sacuden, se abren, se parten. Cada año un poquito más.

¿Y los concejales? En su burbuja. Por esas calles no pasan jamás, o al menos no lo parecen, porque no se ve un pedido de informe, una citación al responsable del área, un reclamo firme, ni siquiera un post indignado en Facebook. Nada. Silencio total. La realidad está ahí, rompiendo amortiguadores y poniendo en riesgo a cualquiera… pero en el Concejo parece que no entra.

Este humilde recordatorio, entonces, para ver si alguno despierta. Porque las calles por donde circulan camiones están cada vez peor, y los que deberían hacerse cargo cada vez más ocupados esquivando el tema… o esquivando los pozos, si alguna vez pasan por ahí.

Y la culpa… bueno, esa siempre termina “siendo del otro”.