Hablar del Complejo Casino de Necochea es como hojear un álbum de proyectos fallidos: siempre está la foto del anuncio, nunca la de la obra terminada. Desde aquel incendio que lo dejó maltrecho a principios de los 2000, las promesas de recuperación se sucedieron con una precisión casi matemática: cada pocos años, un nuevo plan, una nueva ilusión, un nuevo fracaso. Y las paredes, mientras tanto, siguen negras, húmedas y olvidadas.
Tras aquel primer fuego llegó la etapa de los “arreglos parciales”. Reparaciones que nunca reparaban nada y discursos sobre “puesta en valor” que no pasaban del PowerPoint. El problema era simple: no había plata ni proyecto integral, apenas voluntarismo y un par de parches que se desinflaron antes de empezar.


A fines de la década siguiente apareció el sueño dorado: un hotel cinco estrellas, con spa, helipuerto y un futuro brillante para la sala de juegos. Una propuesta privada que prometía modernidad, glamour y empleo. Pero entre cuentas que no cerraban, exigencias imposibles y una administración que no lograba ordenar ni el archivo, la maqueta quedó en eso: una linda imagen para colgar en una nota de prensa. Nada más.
Luego vino el incendio de 2020, el que golpeó al teatro y desnudó el verdadero estado del complejo. Ahí surgió la idea del “concurso de proyectos”: una convocatoria elegante que terminó, como suele pasar, en trámites, borradores y silencio. La burocracia ganó por goleada, y el fuego, aunque ya apagado, siguió destruyendo a través de los expedientes.
Los años 2021 y 2022 fueron la era de las licitaciones sin pretendientes. Se ofreció el predio para venta, concesión, explotación… pero los interesados brillaron por su ausencia. ¿Quién iba a asumir un edificio que necesita más inversión que un país chico? La ecuación era tan absurda que cualquier empresario con calculadora salía corriendo.


Entre 2019 y 2024 surgieron ideas para todos los gustos: torres de departamentos, universidad, centro cultural, parque público, un poco de todo. Cada propuesta era presentada como “la solución definitiva”, pero ninguna superó el filtro más difícil: la falta total de consenso político. Si cada actor imagina algo distinto, el resultado es previsiblemente el mismo: nada.
Finalmente, en estos últimos años llegó la etapa de los informes técnicos, las tasaciones y la propuesta municipal de subastar el predio. Un reconocimiento explícito de que el Complejo está en ruinas y que el Estado, después de décadas de no hacer nada, decide que ya no puede —o no quiere— hacerse cargo. El debate se encendió, claro, pero no con la intensidad suficiente como para mover una piedra, menos aún una pared del Casino.
Lo más curioso de estas dos décadas es la coherencia: todos los proyectos fracasaron por los mismos motivos. Indecisión política crónica, números que nunca dieron, burocracia que asfixió cualquier intento y una falta absoluta de visión común sobre qué debía ser ese espacio. Y mientras los planes se acumulaban en carpetas, el edificio seguía cayéndose, como una metáfora incómoda de la gestión pública local.

Hoy, el Casino es mucho más que un problema urbano: es el recordatorio constante de lo que pasa cuando el tiempo avanza pero la voluntad no. Un patrimonio que ardió, sí; pero sobre todo, un proyecto colectivo que nunca encontró quien lo encendiera. Y lo triste es que, después de veinte años, lo más incendiario no fueron las llamas: fue la incapacidad de hacer algo concreto.
