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“Biografias” Hoy: El Faro de Quequen

Hay faros que solo cumplen con su trabajo: alumbrar la noche. Y después está el Faro de Quequén, que además se puso en el mapa de los vecinos como ese tío confiable que siempre aparece cuando las cosas se ponen oscuras. Levantado a orillas del Atlántico, en la desembocadura que separa Necochea de Quequén, su silueta de franjas blancas y negras es desde hace un siglo una postal fija para quienes pasean, pescan o se pierden pensando en la vida frente al mar.

La idea no fue improvisada: el proyecto se presentó en la década de 1910 y después de algunas idas y vueltas, la obra se licitó y se ejecutó a principios de los años 20. El faro fue puesto en servicio el 1° de noviembre de 1921, fecha que marcó el inicio de su relación oficial con la costa y con los marinos que cruzaban esas aguas. Desde entonces se transformó en guía de navegación y, de paso, en testigo de tormentas, amores de verano y alguna que otra película mental de los veraneantes.

En lo técnico: es una torre troncocónica de mampostería pintada con franjas horizontales (blanco y negro), con una altura de soporte que ronda los 34 metros y una escalera interior que suma 163 escalones hasta la linterna —sí, para quienes practican cardio turístico—. La focal del haz y el alcance han sido reportados con cifras algo distintas según la fuente (desde aproximadamente 25 a 45 km, o valores en millas náuticas), lo que revela mezclas de unidades y actualizaciones en el equipo lumínico a lo largo de los años. Si lo que querés es la silhouette perfecta para la foto de perfil, el dato útil es que la torre se alza imponente dentro de un predio parquizado en la calle 541, en Quequén.

La historia del faro también tiene nombres técnicos y manos: las obras se licitaron en 1920 y fueron ejecutadas por empresas que trabajaban con proyectos europeos de la época. Con el correr de los años, su equipo pasó de tecnologías clásicas a iluminación eléctrica moderna, manteniendo siempre —cuando la burocracia y el clima lo permiten— su función primordial: evitar que los barcos choquen con la costa o encuentren el canal de entrada al puerto.

Culturalmente, el Faro de Quequén no es solo un “instrumento de navegación”: es emblema local. En los últimos años, la Municipalidad y organizaciones locales han aprovechado aniversarios y celebraciones (como el centenario) para ofrecer visitas guiadas y para impulsar su declaración de interés cultural y turístico. Porque, a la hora de promover la ciudad, nada funciona mejor que tener una torre con historia y buenas vistas.

Para cerrar (sin solemnidades exageradas): el faro sigue siendo ese vecino alto y silencioso que, aunque algunos no suban nunca sus 163 escalones, todos reconocen. Ilumina la costa desde 1921 y acumula historias: naufragios evitados, puestas de sol que se confunden con promesas de verano y generaciones de necochenses y quequenenses que lo adoptaron como parte del paisaje emocional. Y si te acercas, no te olvides de mirar también alrededor: los médanos, los pinos y el puerto cuentan su propia versión del mismo cuento marino.