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Pasaron las elecciones y… sorpresa: nada cambió.

El 7 de septiembre fue un desfile de sonrisas, promesas recién desempacadas y candidatos descubriendo –como por primera vez en la vida– que en Necochea existen calles de tierra, baches del tamaño de un Fiat 600 y vecinos que, increíblemente, tienen problemas. Qué descubrimiento histórico.

Durante semanas caminaron barrios con más entusiasmo que un influencer en lanzamiento de marca. Tocaron timbres, se sacaron fotos con faroles, árboles, perros y algún que otro vecino crédulo. Prometieron el oro, el río y si insistías, te prometían hasta que el colectivo pase a horario. Todo con tal de sumar un voto más al álbum.

Y ahora… silencio.
El eco de “estamos con ustedes” se perdió en la primera ráfaga de viento costero. Los “electos” se esfumaron como si hubieran corrido el telón de una obra teatral. Y claro, todavía no asumieron, ¿pero quién dijo que había que asumir para seguir apareciendo por los barrios? Quizás caminar calles rotas ya no es tan poético sin cámaras cerca. Quizás escuchar a la gente cansa cuando no hay urna en el horizonte. Quizás intentar solucionar algo es un deporte demasiado extremo.

La historia es vieja, casi de museo. En política, la invisibilidad tiene fecha: empieza justo después de contar los votos. Antes, son estrellas de rock barrial; después, entran en modo fantasma profesional. Y acá estamos otra vez, mirando cómo se repite la escena de siempre, como si la hubieran grabado en loop hace un siglo.

Pero bueno, tranquilidad. En dos años, cuando vuelvan los abrazos, las sonrisas y las caminatas épicas por las calles de tierra, ahí estaremos. Les daremos la bienvenida como siempre… porque si algo no cambia, es que ellos desaparecen, pero nosotros seguimos acá, esquivando pozos y escuchando promesas que ya conocemos de memoria.