Cada 8 de marzo aparecen los saludos, las flores virtuales, las imágenes bonitas y los mensajes que dicen “feliz día”. Pero el Día Internacional de la Mujer nunca fue pensado como una celebración liviana ni como una fecha para el marketing de ocasión. Es, antes que nada, una jornada de memoria.
Memoria de aquellas trabajadoras que hace más de un siglo reclamaban algo tan básico como condiciones dignas de trabajo, salarios justos y derechos laborales. Muchas de ellas pagaron con su vida ese reclamo. No es un detalle menor ni un dato histórico más: es el recordatorio de que los derechos que hoy parecen obvios alguna vez costaron sangre, lucha y valentía.
Pero si el 8 de marzo se quedara solamente en recordar el pasado, sería demasiado cómodo.
Porque la realidad demuestra que todavía hay mucho por revisar. Las mujeres siguen enfrentando desigualdades laborales, violencia en distintas formas, dificultades para acceder a oportunidades y una carga social que muchas veces pasa desapercibida. Y eso no ocurre en un vacío: ocurre dentro de una sociedad que todos, de una forma u otra, ayudamos a construir.
Por eso tal vez el sentido más profundo de este día no sea mirar hacia afuera, sino también hacia adentro.
No se trata de señalar culpables ni de dividir al mundo entre hombres y mujeres, como si fueran bandos enfrentados. Las injusticias no se corrigen cambiando de vereda, sino revisando prácticas, prejuicios y costumbres que muchas veces repetimos sin pensar. El machismo, las desigualdades y las violencias no nacen de la nada: crecen en una cultura que durante décadas naturalizó ciertas cosas que hoy sabemos que no deberían ser normales.
Y ahí aparece la autocrítica que como sociedad todavía debemos hacer.
Porque el problema no es solo lo que pasó hace cien años en una fábrica. El problema también está en los silencios actuales, en las bromas que se justifican como “costumbre”, en las desigualdades que se aceptan como inevitables, en la indiferencia frente a situaciones que claramente no deberían existir.
El 8 de marzo debería servir justamente para incomodar un poco. Para preguntarnos qué cosas siguen funcionando mal. Para escuchar más y opinar menos. Para entender que la igualdad no es una consigna de redes sociales, sino un proceso largo que requiere compromiso real.
Y también para reconocer algo importante: las transformaciones sociales nunca las logra una sola parte de la sociedad. Se construyen entre todos.
La igualdad, el respeto y la dignidad no son temas “de mujeres”. Son temas de una sociedad que quiere ser más justa, más consciente y más madura.
Quizás entonces el mejor homenaje para este día no sea el saludo automático ni la frase hecha. Tal vez sea asumir que todavía estamos en medio del camino.
Y que mejorar ese camino es una responsabilidad compartida.

