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🎃 Relájense: festejar Halloween no nos vuelve menos argentinos

Cada fin de octubre, el debate se repite: ¿por qué celebrar Halloween si “no es nuestra”? Los detractores levantan la bandera de la identidad nacional como si disfrazarse y pedir dulces amenazara la historia argentina. Pero quizás la pregunta sea otra: ¿por qué no?

Halloween tiene un origen mucho más antiguo de lo que muchos imaginan. Nació hace más de dos mil años entre los celtas, con la festividad del Samhain, una noche en la que los espíritus cruzaban al mundo de los vivos. Con el tiempo, la Iglesia Católica la adoptó y rebautizó como la víspera del Día de Todos los Santos —All Hallows’ Eve, o Halloween—, una muestra de cómo las culturas se transforman y conviven.

Si lo pensamos bien, Argentina está llena de celebraciones que tampoco nacieron acá: la Navidad, el Día de Reyes, San Valentín, incluso el mismísimo Año Nuevo son fiestas importadas. Nadie las discute porque ya las hicimos propias, las adaptamos a nuestro clima, a nuestras costumbres y a nuestro modo de celebrar.

Halloween, entonces, no debería ser la excepción. En nuestro país, los chicos lo viven como una noche de juego y fantasía, donde pueden ser superhéroes, brujas o monstruos por unas horas. No hay culto oscuro ni invasión cultural en eso: hay infancia, creatividad y comunidad. Los barrios se llenan de risas y puertas abiertas; los caramelos reemplazan al miedo.

Aceptar Halloween no implica olvidar nuestras raíces. Al contrario: significa abrirnos a lo diverso, entender que las tradiciones cambian, viajan y se mezclan, igual que las personas.

Así que, antes de fruncir el ceño por las calabazas y los disfraces, tal vez convenga recordar que todas las culturas que se niegan a cambiar terminan volviéndose fantasmas del pasado. Y esos sí, dan un poco de miedo.